El peso silencioso de la espera
En la montaña, sabemos lo que es esperar.
Esperamos que nieve.
Esperamos que lleguen los días soleados.
Esperamos a que se descongelen los senderos.
Pero este invierno fue diferente.
La nieve no llegó cuando suele hacerlo. Una tormenta tras otra pasó de largo. Vimos cómo aumentaban las acumulaciones en otros lugares, mientras que las nuestras se estancaban. Y bajo la superficie de las conversaciones cotidianas sobre el clima, algo más se estaba gestando.
Porque aquí, la nieve no es solo un pasatiempo.
La nieve es fundamental para el funcionamiento de las estaciones de esquí.
La nieve es sinónimo de visitantes.
La nieve significa turnos, propinas y dinero para el alquiler.
La nieve es el suministro de agua del verano.
La nieve ayuda a prevenir los incendios forestales.
Aquí nos encanta la nieve. Jugamos en ella. Organizamos nuestros inviernos —y nuestro sustento— en torno a ella.
Y este año, hemos estado esperando.
Esperar no es algo neutro
Esperar en enero resulta un poco agobiante.
Esperar en febrero es algo muy personal.
Para cuando llega la tormenta más grande del año, ya bien entrada la temporada —cuando normalmente ya estamos hablando de la primavera—, no solo trae nieve polvo. Trae un alivio mezclado con cansancio. Gratitud mezclada con un “¿por qué ahora?”.”
Al sistema nervioso no le gusta lo impredecible.
Cuando los ingresos se vuelven inciertos, cuando la estabilidad de la comunidad se tambalea, cuando el futuro de una temporada se vuelve incierto, nuestros cuerpos no lo interpretan como “simplemente el clima”. Lo perciben como inestabilidad.
Ese leve zumbido de:
- ¿Será suficiente?
- ¿Ya hemos perdido demasiado terreno?
- ¿Qué significa esto para el verano?
Ese murmullo no es una reacción exagerada. Es una respuesta muy humana ante la incertidumbre prolongada.
La ansiedad y la esperanza pueden coexistir en la misma tormenta
Esta nevada de final de temporada puede parecer tanto un regalo como un golpe bajo.
Y estamos agotados.
Aliviado.
Y sigo preocupado.
Espero que la capa de nieve esté aumentando.
Preocupado por lo que los meses de sequía ya han puesto en marcha.
A menudo creemos que debemos elegir un solo estado emocional: el optimismo o el desánimo. Pero la mayoría de nosotros sentimos ambos al mismo tiempo.
Eso no es inestabilidad. Es complejidad.
Y la complejidad es saludable.
Cuando ni siquiera sabemos qué estamos esperando
En algún momento de esta temporada, la espera cambió.
¿Seguimos esperando el invierno?
¿Nos estamos preparando para la temporada de lodo?
¿Ya estamos pensando en los trabajos de verano?
¿Ya nos estamos preocupando por la temporada de incendios?
Cuando las estaciones se difuminan y las expectativas se ven alteradas, podemos sentirnos desorientados, como si nos estuviéramos preparando para algo, pero sin saber muy bien para qué.
Esa ambigüedad se refleja en el texto:
- Inquietud
- Irritabilidad
- Dificultad para concentrarse
- Una sensación de urgencia latente
- Consultar los pronósticos como si ofrecieran certeza
Cuando el suelo parece inestable —tanto en sentido literal como económico—, nuestro cuerpo intenta agarrarse con más fuerza.
Si este invierno te has sentido un poco más tenso, un poco más cansado, un poco más preocupado… es comprensible. Esta no ha sido una temporada cualquiera.
Aquí, la espera es colectiva
Lo que diferencia a este tipo de espera es que no es privada.
Familias enteras están haciendo cálculos mentales.
Los empresarios están replanteándose la situación.
Los padres se están adaptando.
Los trabajadores están juntando horas.
La espera se convierte en algo colectivo.
Y el estrés colectivo merece una atención colectiva.
En comunidades como la nuestra, la resiliencia no es solo una cuestión de fortaleza individual, sino la forma en que nos preocupamos los unos por los otros. Es compartir información. Es reconocer lo que es difícil en lugar de fingir que todo está bien.
El centro sigue mereciendo atención
El mes de marzo en las montañas suele jugarnos una mala pasada. Un día parece que ya es primavera, y al siguiente vuelve a ser pleno invierno.
Quizás la pregunta no sea:
“¿Cuándo se decidirá ya esta temporada?”
Quizás sea:
“¿Cómo nos cuidamos a nosotros mismos y a los demás cuando eso no es así?”
Aunque hay que aceptar hasta cierto punto las circunstancias que no podemos cambiar, centrarnos en aquello sobre lo que sí tenemos control es un buen punto de partida para apoyarnos a nosotros mismos y a los demás en una época de incertidumbre.
La primavera llegará. Siempre llega. La nieve se derretirá. El agua correrá. El trabajo cambiará. Las estaciones hacen lo que hacen las estaciones.
Pero estar en la etapa intermedia —sobre todo en una etapa intermedia marcada por la incertidumbre económica y emocional— requiere un esfuerzo consciente.
Requiere que seamos indulgentes con nosotros mismos.
Se necesitan conversaciones sinceras.
Requiere conexión.
Si este invierno te ha parecido más pesado de lo habitual, no tienes por qué cargar con ese peso en silencio. En nuestra comunidad hay apoyo precisamente para estos momentos de transición, no solo para las crisis, sino también para esa lenta acumulación de estrés que genera la incertidumbre.
En Building Hope, creemos que la salud mental no está separada de la realidad de vivir aquí: desde la capa de nieve hasta los sueldos, pasando por el humo de los incendios forestales y los días de cielo azul. Si necesitas a alguien con quien hablar, te preguntas qué recursos hay disponibles o simplemente quieres ayuda para lidiar con lo que esta temporada ha traído consigo, no dudes en pedir ayuda. A veces, lo más reconfortante que podemos hacer mientras esperamos es dejar que alguien espere con nosotros.
El centro sigue mereciendo atención.
Y tú también.
Artículo de Nadia Borovich, Coordinadora de Bienestar Comunitario de Building Hope Summit County. Si tienes una historia que compartir, ponte en contacto con ella en nadia@buildinghopesummit.org.



